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Tu hijo no va a "madurar" lo que nadie le ha enseñado a resolver.

  • Foto del escritor: Alessandra Bonnett
    Alessandra Bonnett
  • hace 1 día
  • 4 min de lectura

Cuando ese "algo" que nos preocupa de nuestros hijos aparece, esperar parece lo prudente — incluso lo más económico. Pero hay dificultades que no se van con el tiempo: se instalan. Se convierten en un "no puedo" que golpea la autoestima y se vuelve parte de su identidad. Y entonces esperar termina costándote el doble a ti... y costándole mucho más a él.


Esa es la diferencia entre ver la terapia como un gasto — o como lo que realmente es: una inversión.


"Mi hijo es súper engreído", "Estamos esperando que acabe el año para ver sus notas y qué nos comentan en el colegio", "Ya se le va a pasar, porque a mí se me pasó cuando crecí"... Me encantaría decir que estas no son las frases que más escucho de las familias que siempre vuelven un par de años después con una situación mucho más compleja, pero lamentablemente son exactamente las frases que más se repiten y que suelen ser las que más culpa generan en los padres que las dijeron en un inicio. Y es precisamente de estas familias de las que quiero hablar en este artículo. Las familias que conocen muy bien a sus hijos, que los aman y que realmente tienen deseos de verlos mejor, solo que por diferentes razones (historias personales, experiencias negativas de familiares o consejos, etc.) consideran que esperar que "el problema" se resuelva solo es la mejor opción.


¿Por qué el tiempo no es neutral?

El cerebro tiene la capacidad de adaptarse gracias a la plasticidad neuronal, pues es lo que nos permite aprender y crear nuevas formas de comportarnos, pensar y reaccionar. Mientras más pequeños somos, mayor es esa plasticidad. Un niño de 4 o 5 años no solo aprende más rápido, también desaprende más rápido y corrige patrones que recién se están formando. Es decir, cambiar una conducta en un pequeño puede tomar tan solo una fracción del esfuerzo que tomaría si fuera adolescente o adulto.


Por eso el tiempo toma una relevancia distinta cuando hablamos de cuestiones de desarrollo infantil. Una dificultad no atendida no se queda quieta esperando a que decidamos ocuparnos de ella. Cada día se practica: el niño que evita leer porque le cuesta, lee cada vez menos y la brecha con sus compañeros crece sola. A eso se suma lo que se construye encima: la frustración, la comparación, el "yo no puedo" y las inseguridades asociadas. Cuando finalmente se interviene, ya no se trabaja una dificultad, se trabajan dos (o más): la original, y todo lo que creció a su alrededor.


Esperar no congela el problema. Lo capitaliza.


Entonces, ¿cuánto cuesta "esperar"?

El costo real de "esperar", lamentablemente, no es económico. En primer lugar, a nivel académico, si el niño se pierde en el primer peldaño, lo que se espera es que no logre avanzar en los siguientes escalones y que esta dificultad conlleve, naturalmente, otras problemáticas más complejas en el futuro. A nivel emocional, el niño no sabe que tiene una dificultad específica en un proceso concreto. Lo que sabe (lo que siente) es que él es el problema. Y esa conclusión equivocada impacta su autoestima, su seguridad, sus estrategias de afrontamiento y sus habilidades sociales. Por otro lado, a nivel familiar, lo conductual se vuelve el campo de batalla y los padres deben afrontar el desborde emocional que conlleva un niño sin herramientas, con inseguridades y con dificultades tanto emocionales como académicas.


Y sí: ¿cuánto cuesta realmente esperar? Cuando empezamos a analizar el panorama real del problema años más tarde, entendemos que un abordaje multidisciplinario sería la única alternativa. Considerando que estas familias, por lo general, ya pasaron por muchos profesores particulares, tutores y acompañantes pedagógicos que intentaron contener la dificultad pero que no terminaron de ayudarlos porque el problema se hizo mucho más grande por no atenderlo a tiempo.


El desgaste emocional es caro. Es caro porque no solo cuesta más dinero. Es caro porque, años después, duele entender que la raíz no era tan grande, solo que no la vimos cuando apareció. Y por eso ahora cuesta tanto.


¿Y si no es nada? ¿Si estoy exagerando?

También existe esa posibilidad. Y, de hecho, pasa mucho. Evaluamos a muchos niños y les decimos a las familias que lo que encontramos en sus hijos se encuentra "dentro de lo que esperamos para su etapa de desarrollo" y les damos feedback junto con orientación en crianza, algo que les viene bien a todas las familias. Porque no se trata de patologizar o hacerte creer que siempre hay algo que trabajar. Los niños son niños, tienen que madurar y crecer, hay aspectos que van a desarrollarse en diferentes momentos, pero si hay algo que te está preocupando, lo mejor es buscar a un profesional para descartar con evidencia real.


¿Qué es invertir en su futuro?

Invertir en terapia infantil no es firmar un compromiso eterno. Es un proceso puntual, con objetivos definidos: una evaluación que responde tu pregunta, un período de trabajo enfocado en lo que tu hijo necesita en este momento de su desarrollo, y orientación para que ustedes puedan sostenerlo en casa. La terapia no es para siempre: es por objetivos. Cuando se llega temprano, esos objetivos se alcanzan antes. Y esa es, literalmente, la inversión.


Un proceso terapéutico infantil realizado a tiempo debería tener una duración de 6 a 12 meses como máximo (considerando una adherencia adecuada, con asistencia regular por parte de todos los involucrados).


Nadie recuerda cuánto costó. Todos recuerdan cómo cambió.

Si hay algo de tu hijo que te genera dudas hace meses, esa pregunta es exactamente donde empezamos.



 
 
 

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